Seguridad alimentaria : la utopía en el mundo de la abundancia

Seguridad alimentaria : la utopía en el mundo de la abundancia

El documento ofrece una historia del debate sobre la seguridad alimentaria, para luego mostrar la experiencia mexicana. El proceso de integración a las economías de EEUU y Canadá llevó a las dirigencias políticas mexicanas a organizar su economía sobre el eje de las ventajas comparativas y a apresurar un proceso de liberalización comercial que supuso supresión de barreras arancelarias, privatizaciones, supresión de control de precios, modificación en la estructura de los subsidios, etc.

El impacto de estas políticas en el sistema alimentario fue la disminución drástica de la producción de granos básicos, que en un primer momento fue visto como adecuado ya que en el mercado internacional esos productos se encontraban a precios más bajos de los que se podía producir internamente. Así, el crédito de la banca estatal, que en 1986 apoyaba esa producción en 7.2 millones de has, en 1994 bajó a un millón. Durante ese mismo periodo de doce productos que tenían precios de garantía se bajó a solo dos, el maíz y el frijol; al caer los precios agrícolas con la masiva importación, la cartera vencida del sector agropecuario casi llegó a triplicarse y, finalmente, en 1994 el déficit de la balanza comercial agropecuaria ascendió a 2.500 millones de dólares, que incluyen la importación de 9.5 millones de toneladas de granos y oleaginosas por el valor de 1.400 millones de dólares (Suárez, 1996: 46).

Los autores proponen cuatro principios para alcanzar una seguridad alimentaria: soberanía alimentaria, derecho a la alimentación, sustentabilidad alimentaria, sustentabilidad alimentaria y participación ciudadana. En el comentario final dados los planteamientos expuestos, sugieren la necesidad de establecer un nuevo marco de acción frente a los discursos tendientes a legitimar un modelo de desarrollo excluyente en el contexto de la globalización de los mercados. No se trata de buscar un nuevo tutelaje por parte del Estado, ni tampoco de admitir el abandono del mismo de sus responsabilidades frente a la colectividad y especialmente frente a los pobres. Se trata mas bien de articular políticas agrarias y políticas alimentarias que asuman la existencia de un sujeto de gran importancia en el país, los pequeños productores campesinos e indígenas, caracterizado por la diversidad de estrategias productivas de sus agriculturas familiares, independientemente de la presencia y relevancia del sector agroempresarial. Ello significa a su vez asumir el desafío de un desarrollo equitativo sustentado en otras premisas a las impuestas por la apología del mercado. Si no es así, las cifras de la pobreza seguirán abultando las estadísticas oficiales y los pobres seguirán llenando canutos de piojos como su forma de tributación hacia un Estado y una sociedad globalizada que se empeñan en condenarlos al hambre y la miseria. (adaptado de autor)

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